1, 2, 3… Respira!

Nuestros hijos viven rodeados de estímulos y de rapidez. Llevamos un ritmo de vida a menudo estresante, para nosotros y para ellos. Les metemos prisa para poder llegar a tiempo a nuestros compromisos y seguro que os dais cuenta de que en realidad a los niños les gusta hacer las cosas despacio, fijándose en lo que hacen, distrayéndose con otras cosas interesantes que encuentran por el camino… Esto es normal, y es bueno. Que sepan valorar lo que tienen a su alrededor es genial. Y que hagan las cosas a otro ritmo, también está bien, porque sino el día de mañana irían todavía más acelerados que nosotros. ¿No creéis?

Cuando son bebés, ellos mismos nos enseñan a parar y ver las cosas desde su punto de vista. Seguro que todos habréis re-descubierto el tacto de la hierba, el olor de las flores del parque, la textura de la arena, los pajaritos y palomas que os cruzáis de camino a casa, un avión que pasa por encima… son cosas que antes también estaban allí, pero ya nos habíamos acostumbrado a verlas. Pero cuando tienes hijos, vuelves a fijarte en esas cosas y a valorarlas, porque a ellos les encantan.

El problema es que a medida que crecen y se empapan de nuestras prisa y nuestro “corre-corre” parece que pierdan un poco esta capacidad de asombrarse con las cosas pequeñas. Y nosotros como padres podemos enseñarles a volver a parar, mirar y contemplar. A concentrarse en lo que hacen, sobre todo si es importante.

Por eso, poner en práctica algunas técnicas de relajación y concentración de vez en cuando puede ser una buena costumbre en familia, que nos puede ayudar mucho a todos.

Y eso ¿cómo se hace?

Pues como indica el título del post: 1, 2, 3… respira!

Se trata de parar, respirar más profundamente, relajar la mente y el cuerpo, y ayudarnos de pequeños juegos con los que aprendemos a concentrarnos en lo que estamos haciendo.

Que los niños sepan apreciar el valor de la espera, el esfuerzo, la contemplación, la lectura. Y si se lo enseñamos a través de un juego (o varios) ¡lo aprenderán mucho mejor!

Un juego sencillo que podéis practicar con los más pequeños es abrir una mano y deslizar el dedo índice de la otra despacito bordeando todos los dedos. A medida que “sube” por un dedo (como si fuera una montañita) hacéis juntos una respiración profunda y cuando “baja” sacáis aire despacio. Es una forma de bajar las revoluciones, hacer unas cuantas respiraciones profundas y calmarnos si estamos nerviosos o estresados por algo.

Otro juego consiste en ponerle una mano delante como si sujetáramos un ramo de flores (puede ser imaginario) y pedirle al niño que las huela, cogiendo aire despacio. A continuación, le ofrecemos la otra mano con una velita encendida (también puede ser imaginaria) y le pedimos que sople despacio para apagarla, y así suelta todo el aire.

Son juegos sencillos con los que podemos empezar a practicar las respiraciones profundas, que son las base de toda técnica de relajación.

Los podemos practicar cuando los niños están más predispuesto y abiertos, nos irán muy bien en momentos de enfado o rabieta por alguna contrariedad. Ya lo tendrán interiorizado y les será más fácil hacer las respiraciones con nosotros y calmarse, si les ayudamos un poco.

Y será algo que podrá serles útil siempre. Porque los adultos también hemos de hacer un esfuerzo por gestionar nuestras emociones muchas veces, y si les enseñamos esto de pequeños, les será mucho más fácil.


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